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¡NO ME GRITES!

Una discusión de pareja. Ella frente a él, con el ceño fruncido le dice con voz queda pero firme: no me grites. Él, que no le grita, o al menos no tiene consciencia de ello, le contesta levantando la voz: “¡no te grito!”. Ella sonríe triunfalmente y añade un simple y definitivo: “¿ves?”

¿Qué ha pasado aquí? Sencillamente que ella (podríamos invertir los roles sin problemas) ha utilizado una vieja pero efectiva técnica de manipulación. Ella con su “no me grites” consigue que él le grite y así confirme su pronóstico.

Hace tiempo en un debate televisado entre Maragall y Cullell por la alcaldía de Barcelona, Cullell empleó dicha técnica. Consistía en decir a Maragall de cuando en cuando: “no te pongas nervioso”. Buscaba que el entonces alcalde le replicara con cierta emotividad, emotividad que aprovecharía Cullell para demostrar ante la audiencia que Maragall estaba nervioso y así poder explotar la situación.

Sólo que Maragall no se dió por aludido. No entró en la trampa y no porque se diera cuenta de la jugada, sino que sencillamente ensimismado en sus argumentos ni le escuchó. ¿Qué tendría que haber hecho Cullell? Abandonar la técnica, pero no, siguió usándola y cada vez más desesperado porque no le funcionaba. Tanto la repitió que el moderador terminó preguntándole: “¿qué le sucede?, ¿está nervioso?”, cazador cazado.

maragall

 

No nos conviene olvidar que toda técnica, del campo que sea, no es más que una generalización que debe ser adaptada a la situación. La técnica por sí misma no asegura éxito, la técnica teniendo en cuenta el contexto (situación – personas) sí incrementa la probabilidad de alcanzar el objetivo.

Y si tu pareja te dice: “¡no me grites!” recuerda esta entrada. Baja tu tono y añade: “Nunca te gritaría cariño”.

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